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La tradición no justifica la crueldadLa tradición, en la que se basa nuestro comportamiento monstruoso con el mundo animal, puede que nos parezca algo muy arraigado: en los cientos de miles de años de duración de la historia de la humanidad, no es más que una época pasajera, aunque especialmente cruel, como muchas otras que cayeron en desuso: por ejemplo, el tiempo en que los animales eran quemados en los altares, la época de los sacrificios humanos, los días del canibalismo y el tiempo de la esclavitud. Esta última fue sólo superada a raíz de rebeliones sangrientas.
Las pestes de los animales de nuestros días son la rebelión de las criaturas esclavizadas. La relación entre hombre y animal ha tomado una nueva dimensión. Ya no es más sólo mortal para los animales, sino que también se ha vuelto muy peligrosa para los seres humanos. Está por darse un nuevo paso evolutivo, parecido al de la superación del canibalismo, de la esclavitud o de la represión del sexo femenino. Fue siempre la tradición la que justificó la barbarie imperante en un momento determinado; pero ésta duró sólo el tiempo en que fueron aceptadas las “anteojeras” éticas acopladas a ella. Las “anteojeras”, que son de lo que se trata en la barbarie contra los animales, se deben ante todo a la Biblia y a las enseñanzas de la Iglesia. Las primeras páginas del Antiguo Testamento dejan entrever aún que los hombres de los primeros tiempos vivían probablemente de forma vegetariana. Dios no les aconsejó como alimento la carne de otras criaturas, sino plantas y frutos (Gén 1, 29). Pero poco después anuncia la misma Biblia un mensaje funesto y cruel: “Infundiréis temor y miedo a todos los animales de la Tierra, y a todas las aves del cielo...; quedan a vuestra disposición. Todo lo que se mueve y tiene vida os servirá de alimento”. (Gén 9,2/3) Aparentemente esto fue dicho por Dios, pero entretanto sabemos cómo se hizo la Biblia: en un proceso de siglos de duración, en los cuales sacerdotes y cortesanos escribieron tradiciones e ideas propias. Más tarde, una selección de estos escritos fue “canonizada”, declarándose la “Sagrada escritura”. La tradición de los sacerdotes consideró adecuado presentar a los hombres a un Dios rencoroso y sangriento, que exigía de cada cual por cada ocasión imaginable innumerables sacrificios de animales, “un manjar de calmante aroma para Yahvé” (Lev 1,9), y para el bienestar corporal del clero, que llevaba a cabo el sangriento negocio, viviendo de él.
El Nuevo Testamento sustituye el cruel sacrificio de animales por el “cordero de sacrificio Cristo”, por cuyo “sacrificio de sangre” (san) Pablo siente gran pasión. Al mismo tiempo establece como lema la declaración “Comed todo lo que se vende en el mercado sin plantearos cuestiones de conciencia”. (1 Cor 10,25) Con este trasfondo, en esta Biblia ninguna palabra de Jesús a favor de los animales tenía ya sitio alguno. Es difícil de imaginar que el gran Maestro del pacifismo no dijera también algo respecto al pacifismo con los animales. Pero tampoco los cuatro evangelios se hicieron de la noche a la mañana por inspiración divina, sino a través de escritos de redactores desconocidos, que se ocultan tras los nombres de los evangelistas. También ellos tomaron y escribieron lo que habían escuchado de otros, e introdujeron en los textos sus propias ideas y conceptos. Durante siglos se discutió cuáles de los diversos, y en parte contradictorios, textos pertenecían a las “escrituras sagradas” y cuáles no. Cuando (san) Jerónimo elaboró por encargo del Papa la primera edición completa en latín del Nuevo Testamento, lo desesperaron las numerosas contradicciones, imperfecciones y diferentes posibilidades de significado de la materia bíblica. Él escribió a su mandante diciéndole que las generaciones venideras le juzgarían como “falsificador de la Biblia”, por haber tenido que escoger y, según su propio criterio, decidir lo que él consideraba como correcto o falso, como incompleto y necesario de completar. Él dijo haber tenido que “añadir algunas cosas y cambiar otras”. Y lo que permaneció sin ser tenido en cuenta fueron los llamados “escritos apócrifos”, que no encontraron cabida alguna en el texto bíblico oficial. Fueron destruidos en parte, o permanecieron más de un milenio perdidos, habiendo sido descubiertos de nuevo en tiempo reciente. Con todo ello la Biblia se muestra como el torso de una estatua sin terminar, como una obra incompleta. Mucho de lo que Jesús de Nazaret dijo e hizo, no está incluido en ella; y no se puede dar crédito a todo lo que allí se “informa”. Esto vale también para la pregunta sobre la actitud de Jesús y Sus discípulos ante el consumo de carne, y para la pregunta de si el Nazareno no dijo realmente nada más sobre el trato a los animales, aparte de que el buen pastor vaya en busca de cada oveja, pudiendo hacerlo también en sábado. Entretanto se encontró en textos apócrifos que Él advirtió a los hombres sobre el consumo de cadáveres, para que ellos mismos no fueran comidos como un cadáver. Se sabe también que Jacobo, el hermano de Jesús, vivió siendo vegetariano. Y autores del siglo II informan que muchos apóstoles lo hicieron de la misma forma. Sin embargo, la Iglesia oficial que se estaba formando, se atuvo al desprecio de la Biblia por los animales según los textos bíblicos oficiales, lo que decidió el destino de los animales para los siguientes 2000 años. En concordancia con el derecho romano se les trató como cosas, como seres sin alma, como medio para que seres humanos consiguieran sus propósitos con ellos, abandonados a todo tipo de violencia por parte del hombre. El placer de comer carne se convirtió de hecho en un dogma, y el vegetarianismo fue considerado propio de herejes, por ejemplo con los cátaros, que en el siglo XIII fueron quemados por miles a causa de vivir como cristianos de forma diferente a como lo quería la Iglesia. Por parte de la filosofía, que durante siglos se sintió como la “criada de la teología”, no vino ayuda alguna. Por el contrario, en el siglo XVII, el para la historia del intelecto y la filosofía europea funesto filósofo Descartes, agravó aún más la visión del mundo centrada en el hombre, con su tristemente célebre “cogito ergo sum”, “pienso, luego existo”. Esta frase se convirtió en un poderoso programa de acción, reduciendo el espíritu al cerebro del hombre. El resto del mundo es materia inerte, un animal no es más que un puñado de células, que Descartes compara con un mecanismo de ruedas y muelles, y cuyos dolores no son para él más que el chirriar de una máquina. Este desprecio por los animales tiene su continuación en el Catecismo actual de la Iglesia católica romana, que subraya el derecho al dominio inmisericordioso del hombre sobre las demás criaturas, y da vía libre sin limitación a que los animales sean utilizados para la alimentación y fabricación de vestuario, que permite los experimentos con animales, y que sólo condena el sufrimiento de los animales “así éste contradiga la dignidad humana” (Catecismo, Rd. N° 2417). Como consecuencia de esto, en ninguna parte se encuentra alguna Encíclica en contra del cruel trato de los animales en los laboratorios, en las jaulas de las granjas de cría en masa, en los transportes de animales y en los mataderos. En lugar de ello, los altos dignatarios eclesiásticos disfrutan de las sangrientas corridas de toros y defienden los crueles juegos con animales durante las celebraciones festivas de la Iglesia. En ellas se arrojan cabras desde la torre de una iglesia, y se sacrifican como oráculos vivientes a palomas atadas, a las que se les han puesto explosivos, como se hace cada año en la ciudad italiana de Orvieto, en Pentecostés. Y en las navidades tiene lugar en todas partes una matanza que supera todo récord, para celebrar la “Fiesta del amor” en forma conveniente.
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